sábado, 4 de julio de 2015

Es que todas las mujeres son iguales.

Ayer me tocaba diálisis y cuando ya se acercaba el fin de la sesión y todos los presentes en la sala, enfermeros y pacientes, estábamos más animados precisamente porque pronto nos iríamos para casa, los enfermeros se pusieron a hablar en voz alta de temas femeninos, que suelen ocupar un ochenta por ciento de las conversaciones de muchos hombres. Yo estaba absorto en mis propios pensamientos y no sé exactamente qué decían, hasta que de pronto uno de los enfermeros sentenció: "Es que todas las mujeres son iguales".


Ahí cambió el rumbo de mis pensamientos y aunque no comparto la opinión de que todas la mujeres sean iguales, recordé que mi hijo Ramón también había llegado a esa conclusión cuando tenía unos cuatro años de edad y no unos treinta y tantos como tenía el enfermero de la sentencia, demostrando que la opinión de que todas la mujeres son iguales en mi  hijo era muy precoz. 

Mi hijo, poco antes de opinar sobre las mujeres.
En efecto, hace muchos años, un día sofocante de calor también por estas fechas, me encontraba yo en Cartagena, sentado en el balcón de mi casa al atardecer que era la mejor forma de tomar el aire fresco, a la vez que fumaba un cigarrillo y vigilaba los juegos de mi hijo en la calle.

Se oían la chicharras en los árboles de un campo cercano y el sudor me resbalaba por el cuerpo, envuelto en el humo caliente del tabaco que tanto me gustaba oler y que todavía me gusta aunque ya no fumo hace por lo menos unos veinte años...

Pero volviendo al tema de las opiniones precoces de mi hijo sobre las mujeres, que seguramente ya habrá cambiado, les decía que vigilaba yo los juegos de mi hijo en la calle, que era una calle particular, cerrada al tráfico por las tardes. 

Mi hijo jugaba correteando con otros niños y unas niñas, y de pronto, una de aquellas  niñas se puso a orinar en la calle y mi hijo, que a la sazón tendría cuatro años, como ya dije, se fue hacia ella como una bala y se tiró en plancha al suelo a mirarla por debajo...

Llame a mi mujer para que se asomara y le dije: - Prepárate que va a haber preguntas...-

Pero me equivoqué, todavía pasaron unos cuantos días hasta que mi hijo de un modo espontáneo me dijo - ¡Papa! Ninina no tiene pilila. -  
- No, es que las niñas no la tienen -  le contesté con la mayor naturalidad.
Parecía así que el asunto "pilila" estaba ya zanjado y resuelto, pero dio todavía unos coletazos.

Un par de días después  mi mujer me pidió auxilio mientras corría por el pasillo adelante perseguida por mi hijo que quería levantarle la falda. Agarré a mi hijo como pude y le pregunté:
 - ¿Pero que haces? - Es que quiero verle la pilila a mamá - contestó - Pero ¿que quieres verle si no la tiene?...

Nueva tregua, otro par de días, y  nueva pregunta : - Papá ¿entonces la mamá de Ninina tampoco tiene pilila?. -  No desde luego.  
Mi hijo, que estaba merendando, siguió merendando pensativo y cuando terminó el Colacao, sentenció:

- Es que todas la mujeres son iguales.- 

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